Llevaba meses sumida en una gélida y profunda sensación de incomodidad que arrancaba de su carne la intención y el deseo. Despertaba silenciosa y caminaba el trayecto de su cuarto a la cocina sin despegar los pies del suelo, repleto de los tibios y morbosos recuerdos de historias vividas. Cada uno de ellos parecía aferrarse a sus pies sin permitirle andar con normalidad. O acaso su normalidad fuera aferrarse a ellos con la tenue esperanza de que cobraran vida, se hicieran cuerpo y la amaran súbitamente hasta deshacerse en una exhalación. Eso jamás ocurría. Sola, sentada en un espacio que la llevaba a otro tiempo, se sumergía una y otra vez en las palabras que le habían abierto el pecho sin opción ni reparo. Casi podía palparlas, hacerlas forma, moverlas en el aire viciado por el humo del tercer pucho que prendía en la mañana.
Buscaba el libro que habían dejado marcado para terminar de leer juntos. Lo miraba, perdida, expectante, como quien sabe que algo va a ocurrir sin poder explicar qué, ni cómo, ni cuándo. No podía avanzar una línea sin imaginar su voz, que todo lo había llenado, leyéndole mientras enredaba sus dedos en la larga cabellera que ahora lucía con desgano. Cerraba las páginas. No podía soportar su ausencia. Bajaba la escalera y se internaba en la absurda rutina que había iniciado al perderlo. Cada mañana era igual.
Sin embargo, a veces, intentaba algo nuevo. Aferrada, aun, a un recuerdo que se desvanecía, buscaba dejarse amar por un loco que destilaba ansias de sonrisas compartidas. Miraba sus dedos, que eran distintos, y permitía que trataran de enredarse en su pelo de la misma forma que otrora ocurría. Jugaba a perderse entre su nariz y sus hombros, tan diferentes a aquellos en los que quería encontrarse, con al esperanza, quizás, de que todo fuera un sueño del que abriera los ojos para verlo despertar en su abrigo. Ausente, se mezclaba con otro sudor que sólo quería robarle sonrisas y sentirla deshacerse en el impulso enrojecido del encuentro de los cuerpos. Nadaba en un lecho prestado, sintiendo que se entregaba a un placer que no le pertenecía, vibrando en la culpa de pensarse vacía al verse en los ojos de un hombre que quería regalarle la emoción del mundo, sin poder tomar ese presente. Perdida en el sentido que ya no compartía. Durmiéndose abrazada a un cuerpo que necesitaba amarla tanto como ella había sabido amar. Con los ojos brillantes en las noches oscuras.
Sabía que esos despertares parecían perfectos. Levantaba los talones sin que le pesaran, se acercaba a la hornalla y salía al patio a tomar un mate suave entre la frescura del sol y la tibieza del verde que la rodeaba. Luego lo veía acercarse, sentarse a su lado sin pedirle nada, disfrutando de la simpleza del momento que compartían. Intercambiaban sonrisas, algunas palabras que destilaban un ápice de ternura teñido de la complicidad de saberse entregados en la más sutil intimidad. Minutos más tarde el miedo volvía a hacerse presente entre palabras que sonaban como látigos que golpeaban su espalda en cada recuerdo perdido que volvía a su cabeza. Ella volvía a llamarse al silencio, a bajar su mirada y clavarla en el espacio vacío en que esperaba encontrarlo. Aquel otro hombre entendía la nada que comenzaba a inundar el aire. Esperaba paciente, intentaba cuidarla respetando aquella quietud casi perfecta producto de la necesidad de vivir en otro tiempo. De reparar historias mal conclusas. Los árboles, las calles, la tierra y el humo, todo gedía el aroma de otros besos, de otro cuerpo, que ahora sabría disfrutar de un ritmo y un calor distintos. Ella no volvía de su ausencia despierta, abriendo, sin saberlo, grietas de sal entre las manos que no volverían, por un tiempo, a estrecharla. Impregnando de hielo los pasos que empezaban a separarlos una vez más. Bondadosa, dulce y cruel, caminaba a su lado y lo despedía. Sabía que las mañanas de sol eran más hermosas cuando compartían esos segundos en que todo parecía posible. Pálida, con los ojos oscuros mirando el destino, encendía un cigarrillo que se fundía veloz entre sus dedos y sus labios. Apagada, repleta de una tétrica sensación de obsoletismo en su espíritu, elegía esconderse, una vez más, en el espacio recóndito en que su memoria plagada de él, le permitía seguir respirando tristezas, sin el riesgo que implicaba salir a vivir.
Publicado con WordPress para BlackBerry.
Me gusta:
Sé el primero en decir que te gusta esta post.